INFORME PERSONAL DEL CONTACTO FISICO ACAECIDO EL 5 DE SETIEMBRE EN LA ROCA SAGRADA DE PUSHARO DURANTE LA EXPEDICION AL PAITITI 1996


Luego de cruzar al otro lado del umbral, el cañón que los Machiguengas denominan Mecanto; Carlos Fernández, Giselle Erba y Yo, ascendimos por una difícil escarpada hacia un pequeño cerro, cubierto de abundante vegetación. Desde allí contemplamos un paisaje conmovedor.

En dirección a las nacientes del sagrado río Sinkibenia, podíamos ver claramente una sábana azul brillante de energía que cubría la intrincada selva virgen, que aún teníamos por delante.

Con ayuda de los prismáticos, observamos una caverna en la cima de una pequeña montaña que se erguía majestuosa sobre el terreno desconocido. Estábamos viendo la entrada al Paititi, aquel retiro interior que aguarda a los comprometidos de siempre, la ciudad perdida que todos llevamos dentro.

Sabíamos que aún nos separaba unos días de camino para llegar hasta la caverna. Pero algo nos dijo interiormente que no era el momento. Algo de lo cual nos advirtieron los hombres Q´eros al inicio de nuestra expedición: “Lo verán, pero no entrarán aún”.

De pronto, un colibrí que había estado inmóvil sobre nosotros, descansando en una rama, emprendió su silencioso vuelo en dirección a la montaña.

En seguida nos dispusimos a envolver todo, el lugar en luz y compenetrarnos con la naturaleza. Visualizamos la conexión Egipto – Paititi, y compartimos la energía del Cóndor, del Jaguar y de la Serpiente; una simbólica iniciación que unía a los tres universos.

Un fuerte viento irrumpió de inmediato dejando sentir una profunda emoción en todos nosotros.

Habíamos cumplido. Sentíamos amor por todo lo que nos rodeaba; motivados por un impulso mágico, dejamos que la fuerza purificadora del Perdón se manifieste en cada uno, y así ocurrió.

Después de esta hermosa experiencia, decidimos retornar al campamento, allí se habían quedado Miguel Chavarri, Horacio Fabeiro y Paúl Moncada, apoyando y complementando la estrella de seis puntas que sentimos formar para unir ambos lados del umbral.

Al descender por el cañón nos encontramos con Pancho, quien inicialmente se rehusó a guiarnos hacia el otro lado del Mecanto, porque allí habitaban los hombres de blanco.

Nos dijo que estaba preocupado por nuestra demora, y ello lo animó a buscarnos. Celebramos así el encuentro con mucha alegría. Ya, con Pancho, descendimos por difícil camino con dirección al río que estaba a sus orillas.

En ese momento me separé del grupo y avancé más rápido para ubicar una pared de roca que había visualizado en mis meditaciones, de encontrarla, sentí que la debía tocar.

Fue una emoción muy grande encontrar la pared de roca que estaba a sólo unos veinte metros de donde me encontraba inicialmente, de inmediato no la toqué, tan sólo la contemplaba.

En eso se acerca Pablo, me observa con su habitual sonrisa (cuando algo le parece gracioso) y se dirige a la pared de roca y la acaricia con sus manos, diciéndome que atrás de las rocas hay Machiguengas. Sabía que Machiguenga significa “gente”.

Supe de inmediato lo que Pancho me trataba de decir. Esperé a que me dejara solo, y entonces toqué la pared.

Sentía que gran cantidad de información fluía de la roca y quedaba gravada en mí. Una vez que terminó la experiencia, decidí guardar ayuno silente tal como lo había recibido antes, en ese instante, una voz clara y gruesa me dice lo siguiente: “Cuando pronuncies la tercera palabra romperás el silencio y comprenderás…”

Pude identificar la voz como un mensaje de Alcir, ser que habita en el retiro del Paititi, pero no comprendí el significado del mismo.

Seguí descendiendo para alcanzar a Pancho, quien se había detenido en un matorral donde un enjambre de avispas había construido disimuladamente un panal. Me detuve a esperar a Giselle para advertirle lo del panal. No sabía como decirle que no pasara por allí ya que yo estaba en un ayuno silente.

Ayudándome con gestos le trataba de hacer ver que debía pasar por otro lado. Y Giselle me preguntaba por donde, entonces hablé y le dije: “AQUÍ”. Luego, Giselle le avisaría a Carlitos que venía detrás sobre el peligro del panal de avispas. Cambiamos de ruta y seguimos a Pancho.

Me apresuré para alcanzarlo ya que avanzaba muy rápido y no podíamos perderlo de vista.

Entonces veo a Pancho esperándonos sentado en una roca. Estaba pensativo y observaba en dirección de las nacientes del río. Una vez que advirtió mi presencia, voltea y me dice: “Paititi”.

Me llamó la atención que Pancho conociera uno de los nombres con los cuales se suele identificar el retiro de los maestros. Ante mi asombro y para sacarme de dudas yo también menciono: “PAITITI”, como buscando que Pancho me confirmara lo que había dicho.

Pancho sonrió y me repitió otra vez el nombre. Me di cuenta que era la segunda vez que pronunciaba una palabra durante mi ayuno silente. Pensé que estaba perdiendo fuerza de voluntad, y decidí permanecer en silencio sin turbarme por nada, no habría forma que yo pronunciara una palabra mas. Convencido totalmente de mi determinación, seguí descendiendo con Pancho y alcanzamos la orilla del río.

Giselle y Carlitos venían con nosotros, y juntos cruzamos al otro lado, donde Horacio, Miguel y Paúl esperaban noticias nuestras en Pusharo. Seguí caminando adelante con Pancho, pero lo perdí por el ritmo tan acelerado que llevaba, mi reloj ya marcaba las 5:00 PM.

Al pasar cerca de la roca de Pusharo, sentí una imperiosa necesidad de acercarme allí, me dejé guiar y crucé el río que me separaba de la roca. Atravesé una pared de matorrales que crecía exuberante como escondiendo la roca del profano.

Y de pronto me encontraba de nuevo ante los 14 metros de petroglifos que alguien dejó impresos en esta gigantesca roca como un mensaje a futuras generaciones.

Voy a recoger algunas piedras, como un recuerdo para la gente que con tanto amor nos ha estado apoyando – pensé – Ayudándome de un palo excavaba el suelo buscando piedras; no me animaba a sacar con las manos después de comprobar la presencia de corpulentas arañas.

En eso, escucho un ruido a mis espaldas, como si algo se estuviera desplazando entre la maleza. En un principio no hice caso porque en la selva es habitual escuchar todo tipo de ruidos. Sin embargo, los matorrales se movieron otra vez como si alguien estuviese acercándose.

Volteé de inmediato empuñando con fuerza el palo; el día anterior había verificado con los Machiguengas las huellas de un grupo de Sachavacas muy cerca del campamento.

Pensé que una de ellas venía a mi encuentro porque seguro la había asustado. Grande e indescriptible fue mi sorpresa cuando al voltear me encuentro frente a un ser rodeado de una intensa luz dorada.

La persona que observé y que se encontraba a tan sólo 10 metros, levantó su mano izquierda y la luz que lo envolvía, y que hasta ese momento permanecía concentrada, se abrió, incluso iluminando la roca de Pusharo.

Entonces pude ver más claramente los rasgos del ser que estaba frente a mí. Era un hombre de unos 65 años, de mirada profunda y aspecto oriental, con una larga y delgada barba que le llegaba casi a la cintura.

Tendría no más de 1.70 metros de estatura. Aunque lucía más alto por un peculiar sombrero alargado que llevaba. Estaba vestido con una especie de túnica dorada, de aspecto metálico. En su mano derecha tenía un instrumento alargado que parecía un báculo o bastón.

En el pecho tenía un medallón colgado con un símbolo que no recuerdo claramente. Este singular personaje que aún tenía su mano izquierda levantada en señal de saludo, me dice: “Estate tranquilo, tú ya me conoces, estoy físicamente aquí contigo, tal como te lo anuncié. Ahora date vuelta.”.

Giré sobre el lugar donde me encontraba y le di la espalda a este ser que se iba acercando hacia mí.

Las ramas secas que estaban regadas en el suelo se quebraban suavemente con sus pasos.

En la medida que se aproximaba sentía una especie de choque eléctrico, el mismo que se duplicó cuando él se detuvo a sólo un metro detrás de mí, me arrodillé en el suelo y sentí como este personaje me proyectaba una fuerte energía, la misma que se alojaba el interior de mi cabeza, como si me estuviera dando “algo”.

Decidí hablarle mentalmente, no me atreví a romper el silencio ante tal situación.

¿Por qué estaría aquí este ser conmigo? – pensé con fuerza –

Para dar una mensaje, el mismo que darás a conocer como aviso a la

nueva etapa que están iniciando (respondió con marcada seriedad).

Usted viene de los retiros de la Gran Hermandad Blanca ¿No es así?

Antes de percibir cualquier respuesta, se proyectó como una pantalla de televisión frente a mí, creció y me hizo formar parte de ella. Allí observé una nave triangular, que se posaba en un amplio desierto.

En seguida habló el ser diciendo – los 32 mentores de la luz llegaron en esta nave que observas, la misma que está aguardando el momento de alzarse de nuevo a los cielos, el día que el desierto se abra y muestre sus secretos.

Los mentores de la luz, engendraron el Sagrado Disco Solar, el mismo que fue dado a los Atlantes (los sobreviviente…)

¿El Disco Solar?

Sí, y está aquí, en Paititi.

La pantalla cambió y mostró una habitación amplia que se hallaría en el subsuelo, allí descansa el impresionante disco, reluciente de 3 metros de diámetro, cubierto de símbolos entre los que resalta el tridente.

EL Disco solar abre las puertas entre las dimensiones, pero sólo aquel que abra las puertas de su corazón merecerá estar físicamente ante él, en representación de aquellos que no llegaron – dijo tajantemente y muy serio mi impredecible interlocutor-

¿Quién construyó Paititi? – consulté-

Quienes lo construyeron fueron sobrevivientes de la sumergida Atlántida. Los sacerdotes incas conocían la historia y enviaron más de una expedición hacia este retiro, Ellos construyeron casas provisionales y templos cerca de la ciudad de las jerarquías.

Esta ciudad se encuentra en el subsuelo y se conecta con otros templos a través de pasadizos subterráneos. Actualmente son 3 las entradas que se conectan con Paititi, las hallarán en una caverna, una laguna, en un río y una cascada.

Pero ¿Por qué lo hicieron allí y no en otro lugar?

La diversidad que ofrece la madre naturaleza en aquel lugar fue el signo que los maestros supieron reconocer para desarrollar la ciudad. Era y es el lugar perfecto también para mantener en silencio las actividades de la Hermandad hasta que llegue el momento…ahora observa.

La pantalla volvió a cambiar y observé una peregrinación de mucha gente al Paititi, todos iban en silencio, luego la imagen cambió, y vi Egipto, y gente de los grupos trabajando ahí, en las pirámides y otros lugares que no supe reconocer, entonces la pantalla cobró un brillo dorado y mostró lo que reconocí como el Arca de la Alianza.

Era una gran confirmación ya que en el transcurso del viaje hablamos todos sobre ello. No quise desaprovechar la oportunidad, decidí reanudar el diálogo mental con el expectante maestro.

¿Por eso los viajes a Egipto y al Paititi? ¿Qué relación hay con el Arca de la Alianza?

No te apresures, lo más importante es lo que representa el Arca para toda la Humanidad, la respuesta la hallarás dentro, así como dentro del Arca se encuentra el verdadero secreto.

De pronto observé el espacio y vi varias personas viajando en naves de la confederación.

Vean el contacto como algo natural –sentenció el maestro-

Muchas experiencias han sido postergadas porque aún no vencen esa barrera, la misma que no sólo compromete al invitado sino al grupo que lo rodea, son todos los que se deben preparar. El tiempo es cercano, una gran nave estelar de la cual les fue informado en su momento se acerca a la Tierra.

Esta nave de la confederación, es tan grande como Sudamérica y posee el poder de mil estrellas, viene del mismo centro de la galaxia, para cortar el paso de una raza extraterrestre que no viene con buenas intenciones.

El conocimiento que guarda la Tierra, no sólo se refiere a la historia del planeta en sí, compromete también a todo el universo local. Todo esto atrae a algunas civilizaciones hacia la Tierra para sacar provecho sin importarle cuanto daño pueda causar su intromisión para la humanidad.

Pero ¿Qué podemos hacer nosotros? – me decía a mis adentro, conmovido y agobiado por la responsabilidad que a todos nos implicaba-

La misión que tienen pendiente, será llevada a cabo cuando comprendan que se ha venido desarrollando y la parte complementaria que aún les falta pasar. No te subestimes, porque estás preparado al igual que muchos, pero son pocos los que son concientes de esta preparación; observa detenidamente lo que harás de ti.

De súbito vi. que mi cuerpo cambiaba cobrando la forma de un grueso árbol, que se proyectaba hacia los confines del cielo. Era tal real que me asusté, vi que las ramas se separaban y de ellos colgaban una diversidad de frutos. Era un árbol y tuve temor de serlo, entonces el anciano me dice con potente voz:

Sólo aquel que ama y es conciente de su misión renuncia totalmente a sí mismo para que, como aquel árbol, cuyo fruto está maduro, sirva de alimento a aquellos que tienen hambre de orientación, esa es la llave de la misión: ¡EL SACRIFICIO!

Nunca lo olvides Nordac – dijo el maestro con señal de cariño y afecto – son miembros de la Gran Hermandad Blanca, que durante mucho tiempo permaneció oculta al mundo exterior y hoy abre sus puertas para que el hombre sea conciente de esta ayuda. Ese es el encargo que les damos y que bien han intuido, vayan y den a conocer la existencia de la jerarquía, ello debe ser así, antes que todo sea entregado.

¿Tendremos tiempo?, siento que todo está tan cerca.

Ya recibirán las metas que deberán vencer, antes de la gran prueba en agosto de 1998, será ese un año de verdaderos cambios. Las tinieblas se han cernido sobre la tierra, la ignorancia es como un virus mortal que todo lo aniquila.

Recuerda que el hombre teme lo que no conoce; y el hombre destruye lo que teme. La verdadera sabiduría es aquella que es y será en cualquier mundo, plano o en cualquier lejana galaxia. Porque la verdadera sabiduría rompe el espacio-tiempo. La sabiduría es atemporal, es de antes y para siempre.

¡Esto combatirá las tinieblas! Por eso no nos cansaremos de repetir que deben buscar en el lugar correcto.

Ya te dije que la fuerza de voluntad debe estar más sólida que nunca. Sino serán demasiado flexibles para situaciones que requieran decisiones responsables y determinantes.

No te sientas mal si en algún momento creíste ser demasiado rígido contigo mismo y con el grupo, porque se espera más de ti y de cada uno.

Antes sabías qué tenías que hacer y ahora sabes por qué. Muchos de nosotros hemos pasado también por un proceso de preparación creciendo aquí en la tierra y compenetrándonos con el desarrollo de su cultura.

Como en mi caso, que por factores kármicos y de programación evolucioné aquí en la Tierra para ser un Estekna-Manés, un guardián de los registros. Soy el producto de la unión de una raza foránea y una que creció en este mundo, mi madre es de la Tierra y por eso entiendo mucho sobre el sentimiento humano.

Fue entonces que recién comprendí que era Alcir quien había estado conmigo, en ese instante lo reconocí y volteé para observarlo nuevamente, no pude evitar romper el silencio y pronunciar su nombre: Alcir. El sonrió como despidiéndose, y dio la vuelta, se alejó caminando con suma tranquilidad mientras decía.

Dudarás que estuve aquí contigo, pero ya tendrás elementos de comprobación. Todo el conocimiento que necesitabas tener ya lo posees. Además ya te he hablado mucho.

Supe entonces después de varios años que aquel anciano de larga barba que aparecía en algunas de mis meditaciones, era él. Siempre estaba dándome mensajes y no se me ocurrió que se trataba del mismo Alcir.

Era la primera vez que él dejaba ver su rostro, en seguida me di cuenta que había quebrado el silencio al pronunciar: “Alcir”.

Las tres palabras que había mencionado mi ayuno silente eran: AQUÍ-PAITITI-ALCIR, dejando claramente un mensaje que terminó en un llanto de profunda felicidad al ver como todo se había dado sin esperar nada. Y fue cierto aquello que comprendería al pronunciar la tercera palabra.

De inmediato no me retiré de Pusharo. Me quedé allí, solo, meditando en todo lo que esto puede significar para la Misión. Según mi reloj, Alcir habría estado conmigo aproximadamente un poco más de 20 minutos.

Sin embargo yo había calculado un tiempo mucho mayor; era como si el mundo se hubiese detenido en ese momento. Percibía claramente como la Tierra temblaba suavemente – Quizá era yo el que estaba vibrando- En eso, observo una vez más los petroglifos; veo un rostro humano que antes no había advertido.

Llevaba casco y esgrimía una motivadora sonrisa. Qué raro, me dije, me sonrió Pancho, luego Alcir, y ahora misma roca de Pusharo. Es como si estuvieran enviándonos aliento de seguir adelante…

Me alejé de la roca y crucé el río hacia el otro lado, donde cerca a un árbol caído habíamos establecido el campamento. Llegué en silencio y los encontré a todos allí. Cuando entré a la carpa Paúl advirtió algo raro en mí, sentía que mi cuerpo emanaba electricidad.

Esperé a que estuviéramos todos reunidos para relatar parte de la experiencia. Ya había caído la noche y todo parecía una gran fiesta. Los resplandores se multiplicaban sobre nosotros, alumbrando con fuerza.

Una nave que cruzó sobre el río nos hizo saber también que el objetivo de la expedición y de RAHMA en sí había sido alcanzado con éxito. Sentimos claramente como los Guías se proyectaban cerca nuestro. Así, celebramos todos juntos una nueva experiencia para la Misión.

Al día siguiente una torrencial lluvia hizo crecer el río de tal manera que, con las balsas que los Machiguengas habían construido, logramos recorrer en una mañana y una tarde la distancia que nos separaba del embarcadero “250”. Así, nos ahorramos un viaje de por lo menos 3 días gracias al apoyo de la misma naturaleza.

Ese mismo día del 6 de Septiembre presentamos el permiso del Parque Nacional del Manu donde se nos autorizaba estar justo hasta esa fecha. Logramos cumplir incluso con el trato que habíamos realizado en un inicio con las autoridades del Parque.

Curiosamente, desde el 5 de Agosto que partimos del Cuzco hasta el 6 de Septiembre que nos reportamos en las oficinas del Parque concluyendo así la expedición ¡33 días! Esa misma noche un camión que venía de Shintuya nos llevó a Cuzco, regresamos muy contentos.

Sabía interiormente que todo debía ser distinto hasta ahora; el estancamiento sería entonces un suicidio espiritual ante una responsabilidad que nos llama a librarnos de toda atadura, para que así surja como una antorcha en la oscuridad, esa ciudad perdida que todos llevamos dentro.

Con Amor, espero que el presente informe, en su humilde aporte, sea de beneficio para esta sagrada Misión.

Ahora más que nunca, ahora es el tiempo en que el tiempo es ahora…

Con creciente cariño.

Ricardo González Corpancho.